La sesión empieza antes de colocarte delante de cámara
La dirección no empieza cuando te digo dónde colocar los pies.
Empieza bastante antes.
Normalmente ya hemos hablado sobre qué haces, para qué necesitas las fotografías, dónde vas a utilizarlas y qué quieres transmitir.
Esa conversación me permite hacerme una primera idea de la persona que voy a fotografiar.
No necesita proyectar lo mismo un directivo que un profesional creativo, un entrenador, un médico, un emprendedor o alguien que trabaja directamente atendiendo clientes.
Podemos necesitar transmitir:
autoridad, cercanía, confianza, solvencia, creatividad, seguridad o empatía.
Y esas decisiones condicionarán después la postura, la expresión, la mirada, el encuadre e incluso la perspectiva desde la que hago la fotografía.
No parto de una pose.
Parto del objetivo de la fotografía.
Cuando veo rigidez, primero intento eliminar la tensión
Cuando una persona está muy rígida delante de cámara, colocar mejor un brazo no suele solucionar el problema.
Porque la tensión vuelve a aparecer en otro sitio.
En los hombros.
En las manos.
En la mandíbula.
En la mirada.
En la sonrisa.
Por eso muchas veces prefiero parar.
Salimos un momento del set, hablamos y le enseño algunas fotografías.
Puedo decir:
Fíjate aquí. La fotografía funciona, pero estás demasiado tenso en esta zona.
Cuando la persona puede ver lo mismo que estoy viendo yo, empieza a comprender qué estamos buscando.
Y normalmente gana seguridad.
En otras ocasiones utilizamos música, seguimos hablando o simplemente dejamos unos minutos para que se acostumbre al estudio, las luces y la cámara.
También puedo llevar la conversación hacia algo que conoce perfectamente:
su trabajo.
Imagínate que yo soy ahora mismo tu cliente. ¿Cómo hablarías conmigo?
Ahí suele producirse un cambio muy interesante.
Porque quizá esa persona no sabe posar, pero sí sabe perfectamente cómo comportarse cuando está trabajando.
Eso es lo que me interesa recuperar.
Postura, manos y cuerpo: naturalidad con intención
Naturalidad no significa dejar todo al azar.
Una buena postura corporativa está trabajada.
Observo espalda, hombros, reparto del peso, posición del cuerpo y equilibrio de la composición.
Pero intento que nada parezca impuesto.

Muchas veces un ligero giro respecto a cámara funciona mejor que quedarse completamente frontal.
Un pie puede adelantarse.
El peso puede descansar algo más sobre una pierna.
Un hombro puede quedar ligeramente adelantado.
Son pequeños cambios que eliminan rigidez sin convertir la fotografía en una pose artificial.

Y después están las manos.
Es probablemente una de las mayores preocupaciones de alguien que no está acostumbrado a posar.
«¿Qué hago con ellas?»
Depende.
Una puede ir al bolsillo.
Pueden quedar relajadas.
Pueden entrelazarse si estás sentado.
Puedes apoyarlas sobre una mesa.
O podemos utilizar algo que realmente forme parte de tu profesión:
un teléfono, un bolígrafo, un portátil, un libro, una herramienta o cualquier elemento que tenga sentido.
Eso resuelve dos cosas a la vez:
da una función natural a las manos y aporta información sobre quién eres profesionalmente.
Los brazos cruzados no significan siempre lo mismo
No trabajo con reglas del tipo:
«nunca cruces los brazos».
Una persona relajada, con una postura equilibrada y una expresión adecuada puede transmitir muchísima seguridad con los brazos cruzados.
Pero en otra persona puede generar sensación de defensa o demasiada dureza.
También influye la ropa.
Cruzar los brazos puede modificar completamente cómo cae una chaqueta, generar arrugas o cambiar la silueta.
Por eso una misma postura puede funcionar perfectamente en una persona y no funcionar en otra.

No existe una pose corporativa correcta para todo el mundo. Existe una pose correcta para esa persona, esa fotografía y ese mensaje.
Expresión y mirada: no todo consiste en sonreír
Una fotografía profesional tampoco significa sonreír constantemente.
A veces necesitamos una expresión cercana.
Otras, algo más neutro.
Podemos trabajar una media sonrisa, una expresión seria, una mirada directa o una actitud mucho más espontánea.
Cuando una sonrisa está forzada se nota.
Y si la veo tensa, no sirve de mucho decir:
«Sonríe más.»
Prefiero parar.
Relajar la musculatura facial.
Mover ligeramente la mandíbula.
Hablar.
O provocar una reacción real justo antes de disparar.
En ocasiones una frase inesperada consigue en medio segundo una expresión que no conseguiríamos ordenándola.

Y tampoco todas las fotografías tienen que mirar directamente al objetivo.
Podemos mirar a cámara cuando queremos establecer una relación clara con quien observa la fotografía.
Pero también podemos mirar fuera de cámara, trabajar con un teléfono, un ordenador, documentación o cualquier acción real relacionada con la profesión.
Así construimos una galería más rica.
No solo mostramos cómo eres.
También podemos mostrar cómo trabajas.
Sentado, de pie o apoyado: la pose también se adapta a tu cuerpo
Durante una sesión podemos trabajar de pie, en un taburete, una silla, una mesa o cualquier elemento que tenga sentido.
Sentarse, además, muchas veces ayuda a reducir la tensión.
Aparecen puntos naturales de apoyo y nuevas posibilidades para colocar brazos y manos.
Pero tampoco existe una postura sentada universal.
Puedo pedir que una persona se incline ligeramente hacia delante.
Que mantenga una espalda más erguida.
Que apoye los brazos.
Que entrelace las manos.
Que cruce una pierna.
Todo dependerá de:
su cuerpo, altura, complexión, movilidad, vestuario y de lo favorecedora que resulte esa posición.
No intento adaptar a todas las personas a una colección cerrada de poses.
Hago lo contrario.
Adapto la pose a la persona.
La perspectiva de cámara también comunica
La dirección no termina cuando la persona está colocada.
Yo todavía tengo que decidir desde dónde fotografiarla.
Un punto de vista aproximadamente a la altura de los ojos suele generar una relación muy directa y equilibrada.
Puede funcionar especialmente bien cuando buscamos:
cercanía, confianza y naturalidad.
En otras fotografías puedo bajar ligeramente la cámara.
Ese cambio puede aportar mayor presencia y fuerza visual, especialmente en planos más abiertos o de cuerpo entero.
Y en retratos más cerrados puedo colocarla algo más alta cuando esa posición favorece mejor las proporciones y los rasgos del rostro.
Un picado más evidente también puede utilizarse en composiciones concretas, especialmente cuando la persona está sentada o existe un elemento que justifica ese encuadre.
Pero ninguna de estas posiciones es una receta.
Distancia, focal, postura, encuadre y altura de cámara trabajan juntas.
La perspectiva no se elige porque exista una regla. Se elige por la persona y por lo que necesitamos comunicar.
Tu profesión también condiciona cómo podemos fotografiarte
Aquí aparece otra razón por la que no creo demasiado en los listados de «poses corporativas».
No fotografío igual a todo el mundo.
En una profesión creativa podemos permitirnos experimentar más.
Podemos trabajar una postura más informal, utilizar otro tipo de asiento, jugar con el espacio o construir una fotografía editorial más atrevida.
En otros perfiles puede funcionar mejor una presencia más sobria.
Y cuando trabajamos en una localización profesional, podemos incorporar el entorno:
una mesa, una ventana, el escritorio, herramientas, arquitectura o cualquier elemento que ayude a explicar el contexto.


Pero la finalidad sigue siendo exactamente la misma:
construir una imagen de marca personal coherente con la persona y con su profesión.
El objetivo final: fotografías que trabajen para tu marca personal
Una sesión corporativa no debería darte simplemente «una foto buena».
Mi objetivo es construir una galería profesional variada, con imágenes que puedas utilizar en diferentes contextos y que mantengan una identidad visual coherente.
Primeros planos limpios.
Retratos más abiertos.
Miradas directas.
Fotografías algo más editoriales.
Imágenes relacionadas con tu actividad cuando tenga sentido.
Material pensado para tu web, LinkedIn, redes sociales, prensa o comunicación profesional.
Todo con una misma intención:
que alguien que todavía no te conoce pueda hacerse una primera idea de quién eres, cómo trabajas y qué valor puedes aportarle.
Porque tu fotografía también forma parte de tu posicionamiento profesional.
No quiero que parezca que sabes posar. Quiero que la fotografía transmita que sabes lo que haces.